El color en la oreja y el sonido en el ojo: una relación intrínseca

Por Hernán Álvarez

“El blanco suena como un silencio que de pronto puede comprenderse. Es la nada juvenil o, mejor dicho, la nada anterior al comienzo, al nacimiento. Quizá la tierra sonaba así en los tiempos blancos de la era glacial.” (Wassily Kandinsky, De lo espiritual en el arte)

“If I had some paints handy, I would mix burnt sienna and sepia for you as to match the color of a ‘ch’ sound. And you would appreciate my radiant ‘s’ if I could pour into your cupped hands some of those luminous sapphires that I touched as a child.” (Vladimir Nabokov, The Gift)

La afirmación de Kandinsky de que “las artes aprenden unas de otras y sus objetivos son a menudo semejantes” (Kandinky 1989: 31) me trajo a la mente cuestiones e ideas, perdidas en mi memoria, referentes a la música y las artes plásticas. Emprendí así una búsqueda sin éxito de algunos viejos cuadernos en los cajones de mi casa, no recuerdo muy bien qué había escrito en ellos, posiblemente sea una caótica mezcla de apuntes y pequeños fragmentos de ideas, sensaciones, incipientes y frustrados comienzos de cuentos o poemas y, probablemente, algunos de ellos completos. Lo que sí sé es que ahí, de una u otra manera, solapadamente, tengo inmortalizado, bajo el celo de la tinta, una suerte de catálogo de esas obsesiones que me acompañan a lo largo del tiempo y que van quedando diseminadas y arrumbadas (y a veces derrumbadas) en las hojas. El color y el sonido no iban a estar ausentes y en ese anhelo lo que no hallé en el papel lo encontré en la evocación.

Quizás una incertidumbre compartida por muchos artistas es aquella que gira en torno a la posibilidad de crear una obra sinestésica en sí, es decir, como un atributo propio de la creación y no como una cualidad a priori en los sujetos (recordemos que la sinestesia es la capacidad de asimilar en un mismo acto perceptivo estímulos privativos de diferentes sentidos, como por ejemplo: oir colores o ver sonidos). Tarde o temprano nos damos cuenta de que quizás esta capacidad no se encuentre en la obra sino solamente en el espectador, en el receptor (como era de esperar), o que posiblemente la sinestesia sea una especie de alucinación provocada por algún hábito lisérgico del artista. También, la relación del color con el sonido en este sentido puede responder a esa inexpugnable obstinación por establecer paralelismos absolutos, más aún cuando se encuentran involucradas propiedades sensoriales tan dispares como lo son las de orden auditivo y la visión. No obstante, en lo que sigue me permitiré detenerme en lo contingente del asunto y de alguna forma, de ser necesario, contradecir lo que acabo de decir.

Flashear colores es una moda vieja

Sin embargo, no es exclusivamente acerca de esta propiedad sinestésica de lo que quería hablar, el vínculo color-sonido tiene muchas vertientes que para comprenderlas es necesario contextualizarlas en espacio y tiempo, lo mejor será que vayamos por partes. En la intrincada correlación entre la ciencia y el arte, la música siempre parece darle un espacio de realización al ingenio científico. Los fenómenos físicos que abundan en el arte sonoro han sido el punto de partida de increíbles teorías, y si además los relacionamos con elementos propios de otras ramas artísticas, como lo son el color y la luz, el abanico se abre sustancialmente. Ya desde algunos siglos atrás se ha ido estableciendo algo así como un inventario de instrumentos musicales imaginarios o fallidos que han intentado quebrar el plano quimérico para concretar su razón de ser en una realidad empírica.

Louis-Bertrand Castel inventó el Ocular Harpsichord (Clavicordio Ocular) en el siglo XVIII para demostrar que, al igual que los sonidos, los colores producían vibraciones en el aire, y que, por tal motivo, se podía establecer una relación entre las siete notas musicales y los siete colores del arco iris. En su instrumento, que tenía forma de piano vertical, cada nota coincidía con un color determinado y al presionar la tecla correspondiente se iluminaba a través de una pequeña ventana proyectándose hacia el publico. Castel fue un pionero en lo referente a una teoría integral del color y la música, o por lo menos en diseñar un instrumento que diera cuenta de sus afirmaciones. Luego otros perfeccionaron el diseño y lo llevaron a cabo. Uno de los que se destacó fue Alexander Wallace Rimington con su Colour Organ en 1893 (una versión renovada del proyecto de Castel), tal como puede observarse en la imagen de abajo. Cuando Rimington tocaba su instrumento, pedía a su audiencia que se vistiese de blanco para que los colores pudieran reflejarse en sus prendas.

colorsonido

Pero deberíamos remontarnos más hacia el pasado para comprender esta relación. Ya Aristóteles planteaba en Del sentido y lo sensible que los colores están determinados de la misma manera que las notas musicales, es así como la proporción numérica de un intervalo (diferencia de altura entre dos notas musicales) que da como resultado la consonancia o disonancia armónica es equiparable a la atracción o rechazo ejercida por los colores en el observador que también dependen de una función numérica pura o simple para ser percibidos como agradables (consonantes). Otro referente importante es Isaac Newton (Castel fue un detractor de sus investigaciones), quien comparó las vibraciones en el aire producidas por el sonido con las vibraciones de los rayos de luz que afectan al nervio óptico. Según el autor, ambas producen longitudes de onda que coinciden en sus dimensiones, estableció así un círculo cromático cuyas medidas se corresponden con las de la escala diatónica. A partir de aquí la lista de investigadores que se ocuparon del tema fue en aumento y no es mi objetivo traerlos a colación en este momento.

Un arco iris ruso

Daremos un salto en el tiempo para llegar rápidamente al siglo XX y así detenernos en un músico importante en este sentido, Aleksandr Nikoláyevich Scriabin. Este compositor y pianista ruso nació en Moscú el 6 de enero de 1872 y murió en la misma ciudad en 27 de abril de 1915. En su corto período de vida dio forma a una obra singular, innovadora e influyente. Su madre fue una gran pianista pero murió cuando Scriabin apenas tenía un año de edad; su padre fue cónsul, por lo tanto, permaneció mucho tiempo en el extranjero y los primero pasos del compositor en el piano los dio de la mano de su tía que se había encargado de su cuidado. El niño rápidamente se destacó. Desde chico tomó clases con grandes músicos de su región, entre los que se destaca Nikolay Zverov, también profesor de Rachmáninov. Estudió en el Conservatorio de Moscú, donde recibió la instrucción de Arensky, Taneyev y Safonov. Tiene una vasta producción en la que se puede apreciar su evolución que denota la impronta de Chopin pasando luego por Wagner hasta llegar casi al atonalismo . De hecho, estos cambios hicieron que precipitadamente fuese abucheado por el público en varias ocasiones, las modificaciones armónicas que implementaba manifestaban un claro quiebre con respecto al Romanticismo y esto no era bien recibido. Fue un prodigioso pianista pese a poseer unas manos pequeñas que le dificultaban llegar a la octava. Su perfil inquieto y expeditivo no solo enriqueció su obra sino que contribuyó a que desarrollase una personalidad ambiciosa que plasmó paulatinamente en sus proyectos. También se vinculó con el ámbito intelectual y fue un estudioso de Nietzsche, que influyó en su pensamiento principalmente a través del concepto de superhombre que este filósofo había cultivado. Más tarde dio un vuelco al misticismo y a la teosofía influenciado por quién llegó a ser para él una guía intelectual y por qué no, también musical, Helena Petrovna Blavatsky. Esto culminó en un proyecto monumental hacia el final de su vida denominado Mysterium. Se trataba de un concierto en el Himalaya que duraría varios días, de esta forma, según el autor, se originaría el Armagedón para dar lugar a una nueva humanidad. En este concierto se integrarían todas las artes, e incluso el público. Según sus propias palabras: “una grandiosa síntesis religiosa de todas las artes que anunciaría el nacimiento de un nuevo mundo”. Scriabin, creía que su obra tenía la capacidad de transformar la vida y el planeta, de hecho llego a compararse él mismo con Dios. Myterium fue una especie de ritual litúrgico en el que los límites entre compositor, intérpretes y espectadores serían disueltos conformando así una unidad espiritual. De igual manera, como participarían todas las artes, todos los sentidos se pondrían en juego.

Pero no quiero irme por las ramas, así que me limitaré al tema que en este artículo pretendo seguir. Kandinky (admirador de Scriabin) advertía que la música era el único arte abstracto y, como tal, un ejemplo a seguir por otras disciplinas. En sus palabras destacaba que, incluso a través de la idea de Goethe de que la pintura debía encontrar un bajo continuo, el camino debía dirigirse hacia lo abstracto. En este sentido el color y la forma son los medios indispensables a partir de los cuales es posible la creación. En este afán por la integración artística Kandinsky prestó mucha atención a la obra del compositor ruso y elaboró también su propia teoría en la que asocia los colores brillantes o claros a los sonidos más agudos y los oscuros a los sonidos graves.

La impronta de Scriabin tiene lugar a partir del desarrollo de una teoría propia en la que promulgó una síntesis entre el color y el sonido. Al igual que otros, homologó en una tabla la escala cromática de colores con los tonos musicales, lo hizo a partir del círculo quintas tal como lo muestra el gráfico de abajo. Para su obra Prometheus: El Poema del Fuego incluyó un instrumento diseñado por él mismo, el clavier à lumières, una suerte de piano que proyectaba los colores sobre el escenario. También desarrolló lo que se conoce como mystic chord, se trata de un acorde construido por cuartas aumentadas, disminuidas (la relación entre F♯ y B♭ puede pensarse de esta forma) y justas (C, F♯, B♭, E, A, D) y su correspondiente escala, que puede interpretarse como un quartal hexachord. Scriabin, por supuesto, no llegó a ver realizada su obra Myterium, así como tampoco pudo probar su instrumento lumínico el día del estreno de Prometheus, pero dejó un legado musical considerable. Recuerdo, ya para ir finalizando, una anécdota de “color” que involucra a grandes músicos, Rachmáninov en una reunión que mantuvo con Scriabin y Rimsky-Kórsakov, que también era sinestésico, descubrió que estos dos hacían casi la misma asociación entre los colores y las notas musicales, diferenciándose solamente en el Eb (Mi bemol). Este tipo de coincidencias se repiten entre otros artistas, lo cual genera algunas inquietudes y deja abierto un enigma que posiblemente no se resuelva, ¿habrá una unión natural entre el color y el sonido o es solo un capricho de la mente humana y sus emociones?

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