Música, color y emociones

Por Hernán Álvarez

“Yo quería que mis dedos de muñeca penetraran en las teclas. Yo no quería rozar, como una araña, el teclado. Yo quería entrar en el teclado para entrar adentro de la música para tener una patria. Pero la música se movía, se apresuraba.”

(Alejandra Pizarnik, Piedra fundamental)

“La música es el refugio de las almas ulceradas por la dicha.”

(Emil Cioran, Syllogismes de l’amertume)

Un poco más acá

La música como refugio u hogar, como patria, como espacio, como calor, como quién es abrazado y cuidado, la música que salva, una melodía que cuando se toca fondo aparece como un lazo para trepar, como el hilo de Ariadna. Una musiquita como para trepar árboles y escuchar el crujido de las ramas, porque ahí también hay música, la naturaleza es esencialmente musical, y la música es esencialmente ir hacia arriba.

Ningún ojo ve lo mismo y no puede aseverarse que todos tengamos al misma percepción auditiva, sin embargo las convenciones son necesarias para llevar un poco de orden a este mundo y establecer así las bases de un proceso comunicativo. Cuando pensamos en música pocas veces tomamos conciencia de todo lo que hay detrás de esos sonidos que nos cautivan. La música es un lenguaje (como siempre se dice), una forma de comunicación que trasciende e incluye todos aquellos elementos que utilizamos para emitir un mensaje. Sabemos muy bien que los fonemas en una lengua son la mínima expresión o articulación de un sonido vocálico, en rigor podríamos decir que los fonemas son unidades formales del habla, unidades mínimas y abstractas desprovistas de significado, y como sostenía Saussure “es imposible que el sonido, elemento material, pertenezca por sí a la lengua”. El significado se genera encadenando estos fonemas en una unidad mayor. Sin embargo en música, si pensamos en una posible relación entre los fonemas y las notas musical veremos que estas últimas nunca podría tomarse como una mínima expresión, ya que en sí contienen múltiples aspectos, como lo son los de orden tímbrico, rítmico, de altura y duración, solo por citar algunos ejemplos. Un solo sonido en particular ya contiene en sí una multiplicidad de significados. Una nota musical, es ya un signo, que puede ser interpretado de acuerdo al contexto y a las condiciones de su interpretante. Esto convierte a la música en un arte abstracto, y como tal requiere de un proceso de decodificación particular, que en muchos casos parece ser innato.

Esto no es todo, ya que los sonidos, como ya hemos visto, también tienen relación con otros elementos, como por ejemplo los colores y las matemáticas. Estas unidades sonoras, desprovistas de un significado definido, activan de forma directa nuestras emociones. Quizás las palabras, siempre provistas de significado (descartamos acá las experiencias en poesía que trabajan con el sonido, dejando en un segundo plano el significado, incluso aquellas que inventan palabras cuyo significado se deduce a través del sonido como lo son el Glíglico de Cortázar, el Jitanjáfora, o el Jabberwocky de Lewis Carroll.) puedan actuar sobre las emociones anteponiendo en muchos casos la razón. Pero la música (instrumental) no puede efectuar un mensaje definido, requiere de un trabajo creativo y una predisposición por parte del oyente.

 

Un poco más allá

“(…) No era siempre él, también, la propia música naciendo, /muy delante de sí, siempre, en una gama sin fin, como la vida, /o como eso, acaso, que se abría más allá, (…)”

(Juan L. Ortiz, En el aura del sauce)

A todo esto vamos a agregar que la música y los sonidos tienen una incidencia directa sobre las emociones. Como ya hemos visto, existe una asociación, que podríamos pensar que es natural, entre la música y los colores. En este sentido y a rasgos generales, se ha comprobado que las composiciones en tonalidad mayor son vinculadas mayoritariamente con colores vivos y cálidos, y al mismo tiempo con una sensación de alegría o felicidad. En cambio, las obras compuestas en tonalidades menores, que generalmente se asocian con un sentimiento de tristeza (aunque esto no es necesariamente así) se vinculan con colores oscuros y apagados. Pero otros aspectos son influyentes, el tempo musical y el uso de determinadas figuras rítmicas también contribuyen a que las personas predispongan su ánimo de una u otra manera. Es así como los ritmos alegres son aquellos de tempo más rápido y los más lentos, como puede ser una balada, inmediatamente precipitan estados de melancolía o pesar. Esto no es ninguna novedad, sin embargo, si pensamos en la forma en la que se asocian con los colores nos abre un espectro de situaciones, funciones y posibles aplicaciones de una amplia gama. Por ejemplo, podríamos enumerar algunas implicancias, las de mayor importancia como pueden ser: las relacionadas con el ámbito de la educación, a partir del estímulo visual y auditivo de los alumnos se puede trabajar el aprendizaje en ciertas áreas o niveles de escolaridad; también puede destacarse el uso en publicidades con el objetivo de inducir a un potencial comprador y “espectador” a relacionar aquello que se ofrece con una sensación de bienestar y alegría; otro campo importante puede ser el de las terapias creativas y la psicología.

En este sentido, un aspecto para destacar es que la conducta musical en los seres humanos requiere del uso de ambos hemisferios del cerebro, esto es interesante ya que lo podríamos denominar “inteligencia musical” se sostiene como una actividad holística que incorpora todas la partes de nuestra mente. La música se convierte así en un elemento integrador que permite modificar conductas, ya sean cognitivas, motrices, anímicas, etc. Precisamente, porque la estimulación sensorial es esencial para el desarrollo y la organización del cerebro.

Las emociones y la música constituyen un tema que dista mucho de agotarse en algunas especulaciones vagas. Como el tono de voz que cada lector impone a estas letras predispone un sentimiento y una interpretación dada, la exaltación que me provocan los temas que me apasionan me impulsan a continuar estas reflexiones en un próximo artículo.

// © 2015 - el Ojo y el Diamante