Santiago Iglesias

por Dana Guisasola

Ojos saltones, como dos huevos fritos, como dos pelotitas de ping pong. Grandes, inmensos, desorbitados, sin expresión. Azules. O verdes. No, azules. Definitivamente grises, ahora que los pienso, grises nublados, gris ratón, digamos, un gris a medio camino entre la niebla y la mediocridad. Tenía una nariz pequeña, respingona, aunque qué nariz no se vería pequeña y respingona en el centro de esos ojos como senos, impúdicamente desnudos. Eso provocaban: pudor. Tan saltones y erguidos que daba pudor mirarlo, daba ganas de decirle “cubríte, por el amor de dios, no podés salir así a la calle, con todos los ojos desnudos”. Le faltaban algunos dientes (a la boca, y también a los ojos), tenía labios finos y una lengua viperina que se movía por las calles del sarcasmo con una precisión deliciosa y punzante. Existime, me decís, y siento la violencia descollante de tus palabras. Su pelo ondulado y sucio desprendía un olor que siempre asocié con la caspa, aunque me consta que la caspa es inodora, insípida y de un blanco que ni vale la pena. Además, todo su cuerpo olía bastante mal, y, aunque tratara de cubrir su sudor y su olor a nicotina con perfumes dudosos, no lo lograba y toda su persona desprendía una fragancia que hacía que uno presintiera su llegada aún antes de escuchar sus pasos rítmicos y desganados, un arrastrarse de pies sin perder el compás, casi con elegancia. Existime.

Combinaba los colores de su ropa con una evidente premeditación, y seguía un patrón cromático bastante rudimentario. Camisa gris – pantalón negro. O camiseta beige – pantalón verdoso. O pulóver azul con pantalón vaquero. Por lo general, y salvo pequeñas variaciones, elegía vestirse siempre en un mismo tono, evitando cualquier prenda que no fuera lisa, calculo que para no entrar en conflicto con sus ecuaciones de color. No recuerdo lo que vestía el día que lo conocí, pero sí existe en mí memoria la imagen de una sombra difusa vestida de gris.

Ese día garuaba, había una humedad insoportable y la vereda estaba resbalosa. Me duelen las muñecas y los hombros, las piernas, acalambradas, comienzan a independizarse de mi cuerpo, todo duele menos cuando deja de existir. Siempre me pareció bastante inmunda la humedad, siento que la mugre se pegotea inevitablemente a todos los poros de la piel, e imagino este momento como desde un microscopio, muriéndome de asco. No puedo evitarlo, y creo que el hecho de que yo estuviera tan irascible (porque si hay algo que me provoca el asco es un mal humor permanente y progresivo, que llega a un clímax de furia hacia el atardecer) fue fundamental para que ese encuentro fortuito se convirtiera en una pieza de mi memoria, que descarta más de lo que querría. Yo venía de pagar el alquiler, el atardecer se acercaba, inexorable, y la ciudad se chorreaba por las alcantarillas. Me dolían los pies, por la maldita humedad, y no veía las horas de llegar a mi casa, prender la radio y tomarme unos mates. Existime, me decís, y vuelvo a sentir tus nudillos finos entre mis costillas, escucho un ruido como de ola en la rompiente y vuelvo a mirarte a los ojos. Llegué a la parada del colectivo esquivando charcos, la neblina y mi miopía hacían que reconocer el quince se volviera un trabajo casi hercúleo. A pesar de que tengo casi tres dioptrías de miopía, no uso anteojos los días de lluvia. No tiene ningún sentido, complica aún más las cosas. Hasta que no inventen los limpiaparabrisas de anteojos, tendré que seguir dependiendo de la caridad ajena. Simplemente, le pido a alguien en la fila que me avise si viene el colectivo, en esta ciudad siempre hay alguien en la cola de cualquier colectivo dispuesto a ayudar a una linda chica de veintitantos. Aunque se vea como una bolsa mojada y con un humor de perros, siempre habrá alguien en la parada del colectivo como a las seis de la tarde. Y si no hay nadie, simplemente, paro a cuanto ómnibus vea venir, y ya cuando lo tengo casi encima, le digo que no con el dedo. Y qué me importa, si encima no deja de llover, esa lluvia finita que te deja hecha una sopa y con ganas de matar a alguien. El tema es que ese día, el que estaba en la parada del quince en Scalabrini Ortiz y Santa Fe era él, Santiago Iglesias, aunque en ese momento no tenía nombre, y apenas un rostro difuso entre la lluvia y la niebla. Busco saliva, trago una mezcla seca de sangre y angustia, y te miro a los ojos.

Nos subimos al quince, me dejó pasar primero y accedimos a esa masa tibia, pringosa y maloliente que es el pasillo de un colectivo un martes de lluvia cuando comienzan a cerrar las oficinas. Quedamos cara a cara, tampoco había demasiado lugar para elegir, y fue en ese momento que me percaté del tamaño de sus ojos, y de lo desorbitados que parecían. Viajamos en silencio, me pisaron dos veces, me empujaron otras tres, una anciana pidió a los gritos un asiento y un cincuentón bronceado se hizo el dormido. Lo de siempre. Yo venía completamente concentrada, tenía que terminar una monografía que se me estaba haciendo la difícil y no presté demasiada atención al recorrido. Me bajé en Parque Centenario, y caminé hasta mi departamento, con las llaves en la mano y desesperada por unas tostadas con mermelada dietética de ciruelas. En ese momento, olvidé completamente a mi compañero de viaje, que todavía no se llamaba Santiago Iglesias, por lo menos no para mí. Basta, Santiago.

Lo primero que hice al llegar a casa fue sacarme los zapatos, desde que vivo sola me permito el dulce ritual que tenía vedado en la casa de mis padres. Me siento, calzo la punta del zapato izquierdo en el talón del derecho y ejerzo una suave presión, la suficiente como para liberar mi propio talón de su cárcel de cuero y una vez llegado este punto, revoleo el zapato tomando envión. Siento respirar al pie libre, disfruto su contacto con el piso frío, lo veo virar de color, volverse menos colorado y más feliz. Luego, repito la operatoria con el otro pie, aprovechando la ventaja de contar, esta vez, con la agilidad y la prensión de los dedos desnudos para deslizar el cuero del talón hacia abajo nuevamente, y otra vez vuela el zapato por el comedor como una golondrina sucia y gris, y los cordones lo convierten en un cometa triste y abandonado que surca el cielo de un departamento de dos ambientes en Parque Centenario. Este pie también se apoya en los mosaicos y los entibia, mientras muevo los dedos como queriendo felicitarlo, pobre pie prisionero finalmente libre.

Descalza, llegué a la cocina, donde puse la pava y la tostadora sobre las hornallas de la cocina, y al poco tiempo ya estaba completamente recuperada de la humedad, con la panza llena y un cansancio apenas perceptible. Y otra vez el ruido de glaciar que rompe, y otra vez tus manos en mi cuello, y otra vez bucear en la penumbra de tu desprecio. Prendí un cigarrillo (el único cigarrillo del día, el único cigarrillo que no quise ni pude dejar) y, me dediqué a fumarlo sin pensar en nada. Tomé un baño, prendí la tele y me quedé dormida.

Y de repente me sumo en el sudor de alguien que huele a eucaliptos, creo que suspiro y le niego la memoria, creo que me olvido de su nombre, no sé si lo supe en un primer momento. Tiene la piel suave y deliciosa, pero sus manos son ásperas y torpes, es como si esas manos no hubieran estado asignadas a ese cuerpo, como si de alguna manera alguien en algún lado hubiera cometido un error trágico e imperdonable, condenándolo a tanto frío en las manos, tanta brusquedad de lija. Sus manos desabrochan con total impunidad, desconociendo cortesías y modales, hace de cada movimiento un momento milagroso y fugaz, tiene un sabor mentolado, y siento bajar sus dedos desde mi cuello.

Desperté con la alarma de mi teléfono celular, me preparé para salir y, luego de dos mates y un par de tostadas, salí con el tiempo justo para llegar a trabajar. Trabajo en una agencia de turismo en Palermo, vendo lunas de miel y viajes de aniversario. Existime. Me gusta adivinar qué parejas realmente se aman, cuáles permanecen juntas por interés, cuándo un marido avergonzado lava sus culpas con una semana en Punta Cana mientras su devota esposa mira para otro lado mientras se prueba la bikini. Invento situaciones, aunque estoy prácticamente segura de que mi porcentaje de efectividad es alto. Hay acciones, pequeños gestos, miradas, todo ayuda a formarse una idea de cómo es la vida de esos individuos cuando se cierran las puertas de sus casonas de Palermo Viejo. Un mechón detrás de la oreja, una mirada rápida al reloj, un celular siendo apagado con un brillo extraño en los ojos de su propietario. Todas nuestras acciones son plausibles de ser interpretadas, leídas, siempre habrá una punta del ovillo por donde mostrar lo que no queremos que se vea. Y yo creo que soy muy buena en eso, en encontrar esa fugacidad, esa arena que se escurre entre los dedos. La camisa escocesa que heredé de alguna prima sangra, hecha jirones por el suelo de la habitación.

Recuerdo que me subí al colectivo y su rostro me sonó ligeramente familiar. Más que su rostro, sus ojos. Estaba sentado en el tercer asiento, pronto me encontré sentada en el asiento vecino. Me miraba, extasiado, y me recuerdo evitando su mirada, tratando de dilucidar si realmente me encontraba tan atractiva o si, simplemente, no podía usar esos ojos de otra manera. Me preguntó la hora, busqué mi celular dentro de la cartera para contestarle: las ocho y veinte. Cruzamos Santa Fe y me bajé del ómnibus con la certeza de tener su mirada en la espalda. Y te siento desgarrar el himen de mi consciencia, y empujar todo el odio de la humanidad dentro de mí, como si yo misma fuera el recipiente de todas las sombras, de todo el desprecio.

Me di cuenta de que me faltaba el celular después del mediodía, cuando lo busqué para llamar a un cliente cuyo número atesoraba dentro de mi propio teléfono. La competencia profesional es dura en el turismo, por no decir que las arpías de mis compañeras de trabajo estaban esperando la oportunidad de robarme el teléfono de Horacio Salmone, un crápula que no paraba de comprar viajes aniversario para él y la pobre cornuda de su esposa, que inexplicablemente carecía de ese sexto sentido que se le asigna a las mujeres, creyéndole absolutamente todo. Allá ellos, para mí, Horacio Salmone representaba un porcentaje importante de mi sueldo, y no iba a compartirlo con las cacatúas de la agencia. Tenía que llamarlo para preguntarle si finalmente se había decidido por Playa del Carmen o Isla Margarita, para reservarle los pasajes. Y fue en ese momento que, como en una iluminación, recordé que había soñado con él, con sus ojos, y tuve la certeza de que mi teléfono estaba en su poder, de que los astros se habían alineado mucho tiempo atrás, de que el hecho de que Santiago Iglesias tuviera mi teléfono era algo que ya se sabía en algún lugar, y me odié por no haberme dado cuenta antes.

Marqué mi número de teléfono, sabiendo que él iba a estar esperando mi llamado. siento las venas grises y opacas, el corazón rígido Fue cortés, me confirmó que había dejado caer mi teléfono al bajar del colectivo y que él lo había guardado, esperando que me comunique para devolvérmelo. Quedamos en encontrarnos en un café esa misma tarde, él sugirió uno en Paraguay y Scalabrini Ortiz y yo estuve de acuerdo.

Estuve todo el día pensando en eso. Tenía un temor inexplicable, un temor ligeramente masoquista, me gustaba sentirme así, aunque había algo oscuro en el fondo, algo fatídico pero inevitablemente atractivo. La jornada laboral se me hizo eterna, y crucé la puerta de salida de la agencia con una emoción indescriptible a las seis de la tarde. No quise perder tiempo, y me tomé un taxi en la puerta. Pensé, tratando de tranquilizarme, en que no tenía por qué tomarme un café, me imaginé entrando al bar, saludándolo con la cabeza apenas, tomando mi teléfono y yéndome de una vez. Punto. Listo. Y otra vez a casa, al mate, a la mermelada de ciruelas, a sentir la rugosidad de los baldosones en las plantas de los pies, otra vez a mi tele, a mi ducha con su ridícula cortinita con volados, otra vez a mi acolchado verde inglés, a mi remera de dormir con la cara de Luca Prodan que me regaló algún novio que ya ni recuerdo, a mi velador de caño con su lamparita de sesenta watts. Y listo. No tenía por qué conocerlo, no tenía por qué hablarle, ni saber su nombre (aunque en algún lugar de mí, siempre lo supe, Santiago Iglesias), ni escucharlo, ni saber cómo tomaba su café, si prefería las medialunas dulces a las saladas, si le gustaba sacarse los zapatos y revolearlos. El taxi seguía su marcha, cualquier lugar es lejos en la ciudad a las seis de la tarde. Mi nerviosismo comenzaba a volverse incontrolable, me obligué a entretenerme concatenando palabras. Es un juego sencillo, y muy útil para no pensar en otra cosa, un recurso que inventé cuando estudiaba y tenía que ir a rendir. Uno piensa una palabra, tiene que ser algo que esté a la vista, como por ejemplo, “volante”. A continuación, se toma la última sílaba de esta palabra y se piensa un nombre, un lugar, un animal y un color. Así, pienso en “Teresa”, “Teherán”, “tero” y “terracota”. (Ya estábamos llegando a Scalabrini Ortiz). “Monedero”: “Roberto”, “Roma”, “róbalo” y “rojo”. Treinta y dos pesos con cincuenta. No, yo tampoco tengo monedas. Bueno, está bien, déme dos nomás, quédese con los cincuenta. Hasta luego, gracias.

Al bajar del taxi me temblaban las piernas. Era un temor completamente inexplicable, sólo tenía que entrar al café, localizar los ojos del hombre, tomar el teléfono, sonreír e irme. Solamente eso. No podía entender por qué demonios estaba tan nerviosa. Finalmente, respiré profundamente y entré. El tipo no me vio entrar, estaba sentado en una mesa para cuatro, leyendo el diario y rodeado de bolsas. Me acerqué, determinada a saludarlo con una sonrisa, tomar el teléfono y huir, y cuando levantó la cabeza del texto, sonrió y me senté. Maldición, por qué me senté, pensé mientras pedía un café y lo escuchaba contarme cómo había rescatado el aparato. Maldición, por qué me senté, mientras le preguntaba si quería medialunas dulces o saladas. Maldición, cuando volví a mirar el reloj, cuando logré despegarme de su relato y habían pasado dos horas, maldición, cuando le dije “Santiago” y me di cuenta de que ya sabíamos todo del otro. Maldición, cuando cerraban el café y buscamos un lugar para comer una pizza. Quién me manda, dale, una cerveza más y nos vamos, maldición, cuando se descalzó revoleando los zapatos en mi departamento.

 

Dana Guisasola nació en Buenos Aires el 21 de diciembre de 1984. Cursó sus estudios secundarios en el Colegio Nacional de Buenos Aires. En 2004 comenzó la carrera de Letras, en la Universidad de Buenos Aires, y co-fundó, con algunos compañeros de la carrera, la revista literaria independiente Arde la Glotis en el 2005. También por esos años participó de dos programas de radio como columnista, Mañana digo Basta, por Radio Palermo (Premio Mejor Programa Radio Palermo 2005) y Mala Praxis, por Radio Nacional Faro. Vivió algunos años en El Calafate, Santa Cruz, donde condujo por Radio FM del Sol el programa Los hijos de Quigon. Vive en Mar del Plata desde el 2010. Allí co-fundó El Mugroso Revista Literaria, en la que participó hasta el 2014. Se graduó como Profesora en Letras en la Universidad Nacional de Mar del Plata en 2014.

CONTACTO: danaguisasola@gmail.com

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